jueves, 7 de noviembre de 2013

EDUCACIÓN Y TRABAJO
La formación para el trabajo reconoce una larga tradición en la historia de la educación. Aún antes de que existieran las escuelas, la transmisión de saberes para el trabajo era fundamental para garantizar la supervivencia de una comunidad. Enseñarles a los hijos a cazar, a pescar, a labrar la tierra o a producir sus herramientas era algo que se hacía cotidianamente y no en una institución diferenciada. Es interesante pensar la continuidad de esa forma de transmisión con lo que sucede en muchas comunidades en la actualidad. Aunque esos saberes hoy no sean considerados como prioritarios ni entren en diálogo con el sistema escolar, muchos chicos aprenden en la práctica a cuidar animales, plantar alimentos, hacer ladrillos u otros materiales que son fundamentales para la vida familiar.
Pero también hay saberes del mundo del trabajo más complejos y que exigen un tipo de transmisión más especializada. En la historia de la educación, entre los primeros que lo entendieron estuvieron los artesanos medievales, por ejemplo los tapiceros, cristaleros, perfumistas o ebanistas. Todos ellos organizaron sistemas de aprendizaje que llegaban a durar diez años, en los que el maestro artesano se comprometía, muchas veces mediante contratos escritos, a enseñarle al aprendiz ciertos conocimientos específicos para que adquiriera el dominio de su arte. Aunque no había un plan de estudios fijo, la formación se organizaba en pasos determinados; y la “graduación” se obtenía cuando se llegaba a una maestría en el ejercicio de su trabajo, determinada en una evaluación de los artesanos reconocidos del gremio.
La escuela común que se organiza en el siglo XIX, la que hoy conocemos, no consideró que este tipo de saberes para el trabajo eran importantes. Sí era fundamental disciplinar a los futuros trabajadores, enseñarles el valor de la organización del tiempo y de la obediencia para que fueran sujetos productivos; pero en los conocimientos básicos que debían tener los ciudadanos, los saberes del mundo del trabajo (agrupados muchas veces como “trabajos manuales”) ocupaban un lugar marginal tanto en el tiempo dedicado como en su consideración respecto a los saberes académicos. Se repetía así una jerarquía social y cultural de los conocimientos en esa sociedad: valían mucho más los saberes vinculados a lo racional y la alta cultura letrada que los saberes del mundo del trabajo, popular y práctico.

Para finalizar, queremos subrayar que la escuela no puede darle la espalda al mundo laboral, por varios motivos. Uno de ellos se vincula con su aporte a la sociedad: formar sujetos que puedan contribuir a generar más riqueza social es una tarea importante. Una sociedad pobre no podrá jamás ser una sociedad del todo justa, porque siempre habrá escasez de distintos tipos. Otro motivo se relaciona con aspectos individuales: para cada uno de los que pasan por el sistema educativo hay una legítima expectativa de salir mejor equipado a fin de obtener un puesto de trabajo que les permita consolidarse como sujetos independientes y, eventualmente, obtener mejores ingresos. Esta es una expectativa que hay que escuchar y hay que atender, si bien eso no implica formar para empleos determinados; pero sí significa reconocer que importan los efectos de la escolaridad en la vida de las personas y que hay que buscar que la escuela contribuya a ampliar los horizontes vitales de los alumnos. Finalmente, hay otro motivo por el cual la formación para el trabajo es relevante: superando la antimonia entre trabajo mental y trabajo manual, habría que promover un ideal de educación polivalente, más completo e integrado, que permita incorporar los distintos aspectos de la vida humana y que valore la producción y la concreción de proyectos como espacios vitales importantes. En otras palabras, pensar el vínculo entre escuela y trabajo debería ayudar a revitalizar la preocupación del sistema educativo, y no solo de una parte, con lo que produce a mediano y largo plazo.

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