EDUCACIÓN Y TRABAJO
La formación para el
trabajo reconoce una larga tradición en la historia de la educación. Aún antes
de que existieran las escuelas, la transmisión de saberes para el trabajo era
fundamental para garantizar la supervivencia de una comunidad. Enseñarles a los
hijos a cazar, a pescar, a labrar la tierra o a producir sus herramientas era
algo que se hacía cotidianamente y no en una institución diferenciada. Es
interesante pensar la continuidad de esa forma de transmisión con lo que sucede
en muchas comunidades en la actualidad. Aunque esos saberes hoy no sean
considerados como prioritarios ni entren en diálogo con el sistema escolar,
muchos chicos aprenden en la práctica a cuidar animales, plantar alimentos,
hacer ladrillos u otros materiales que son fundamentales para la vida familiar.
Pero también hay saberes del mundo del
trabajo más complejos y que exigen un tipo de transmisión más especializada. En
la historia de la educación, entre los primeros que lo entendieron estuvieron
los artesanos medievales, por ejemplo los tapiceros, cristaleros, perfumistas o
ebanistas. Todos ellos organizaron sistemas de aprendizaje que llegaban a durar
diez años, en los que el maestro artesano se comprometía, muchas veces mediante
contratos escritos, a enseñarle al aprendiz ciertos conocimientos específicos
para que adquiriera el dominio de su arte. Aunque no había un plan de estudios
fijo, la formación se organizaba en pasos determinados; y la “graduación” se
obtenía cuando se llegaba a una maestría en el ejercicio de su trabajo,
determinada en una evaluación de los artesanos reconocidos del gremio.
La escuela común que se organiza en el
siglo XIX, la que hoy conocemos, no consideró que este tipo de saberes para el
trabajo eran importantes. Sí era fundamental disciplinar a los futuros
trabajadores, enseñarles el valor de la organización del tiempo y de la
obediencia para que fueran sujetos productivos; pero en los conocimientos
básicos que debían tener los ciudadanos, los saberes del mundo del trabajo
(agrupados muchas veces como “trabajos manuales”) ocupaban un lugar marginal
tanto en el tiempo dedicado como en su consideración respecto a los saberes académicos.
Se repetía así una jerarquía social y cultural de los conocimientos en esa
sociedad: valían mucho más los saberes vinculados a lo racional y la alta
cultura letrada que los saberes del mundo del trabajo, popular y práctico.
Para finalizar, queremos
subrayar que la escuela no puede darle la espalda al mundo laboral, por varios
motivos. Uno de ellos se vincula con su aporte a la sociedad: formar sujetos
que puedan contribuir a generar más riqueza social es una tarea importante. Una
sociedad pobre no podrá jamás ser una sociedad del todo justa, porque siempre
habrá escasez de distintos tipos. Otro motivo se relaciona con aspectos
individuales: para cada uno de los que pasan por el sistema educativo hay una
legítima expectativa de salir mejor equipado a fin de obtener un puesto de
trabajo que les permita consolidarse como sujetos independientes y,
eventualmente, obtener mejores ingresos. Esta es una expectativa que hay que
escuchar y hay que atender, si bien eso no implica formar para empleos determinados;
pero sí significa reconocer que importan los efectos de la escolaridad en la
vida de las personas y que hay que buscar que la escuela contribuya a ampliar
los horizontes vitales de los alumnos. Finalmente, hay otro motivo por el cual
la formación para el trabajo es relevante: superando la antimonia entre trabajo
mental y trabajo manual, habría que promover un ideal de educación polivalente,
más completo e integrado, que permita incorporar los distintos aspectos de la
vida humana y que valore la producción y la concreción de proyectos como
espacios vitales importantes. En otras palabras, pensar el vínculo entre
escuela y trabajo debería ayudar a revitalizar la preocupación del sistema
educativo, y no solo de una parte, con lo que produce a mediano y largo plazo.
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